Dos mil pesos

 


Laura, una joven de 18 años cumplidos de contextura pequeña, morena y delgada, carga entre sus brazos una carpeta negra y a su pequeño de 2 años de edad; solo hizo hasta quinto de primaria, quiso continuar sus estudios pero por azares de la vida no le fue posible, su segunda motivación es una niña de 9 meses, a Laura se le nota es su mirada un cansancio y desesperanza.

Hablando con ella relata algunos fragmentos de su historia, llegando al punto en el que su alma agobiada y con ganas de ser escuchada se rompe...

Demandó a su expareja, pareja que la subió a un pedestal de ilusiones cargadas de colores, el típico amor romántico del que es difícil escapar; para después sin ningún escrúpulo dejarla caer al vacío de un color oscuro con dos pequeños que se aferran al pecho de su madre, una joven que se trata de mantener en pie. Al demandarlo le dieron la custodia al sujeto por tener la estabilidad económica que ella no tenía y por tal motivo podría darle todas las cosas materiales que necesitan a esa edad tan corta los pequeños.

Pero no todos los hombres pueden darle una estabilidad emocional a sus hijos, una bebé de 9 meses busca entre las cobijas el aroma de su progenitora, al no sentirlo se siente perdida y llena de miedo. No duraron mucho tiempo al lado de su padre, se enfermaron, él no quiso asumir la responsabilidad de crían a sus hijos y por eso decide devolverlos a su madre, un aborto completo; porque desde ese día no les ha dado ni un pan, según relata la joven, si demanda nuevamente teme que la justicia le quite sus niños.

La madre de la joven no puede tenerla en su casa, paga arriendo y no le permiten tener más de 4 personas, en donde paga lo más económico que hay en los barrios populares de Ciudad Bolívar. Le paga una pieza donde solo hay una cama personal y es ahí donde todas las noches pone con amor a sus dos pequeños; y ella, ¿donde duerme? Pues en el piso, donde más...

Su trabajo y desafío diario es conseguir dos mil pesos para comprarles pan a sus hijos y no dejarlos morir de hambre, su tía a veces le ayuda, pero no siempre logra conseguir para su familia y su sobrina, en ocasiones Laura, lava platos en los restaurantes del barrio Lucero Bajo, para que a cambio le den un plato de sopa a sus motores de vida. Al contar esto, sus lágrimas ruedan por su piel morena, una joven que sabe que la vida no es fácil y que solo quiere darle una vida digna a sus hijos. Le diagnosticaron anorexia y bulimia, esto se debe a que dura sin comer días, prefiere que sus pequeños coman y sacrificar su salud.

No es la única historia que recorre Ciudad Bolívar, es una de tantas que no cuentan con redes de apoyo para sobrellevar pesos tan grandes en sus manos, son muchos los problemas sociales y carencias que atraviesan las niñas y jóvenes de esta inmensa localidad, si hay oportunidades, pero no son suficientes para todas y todos. 


Por: Yuri Andrea Castro Esquivel
@DarenaCastro

 


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