Detrás del papel
Son las diez treinta y nueve de la mañana de un martes de Abril. En su casa, un hombre de 76 años de edad se posa sobre una silla preparando su libro, lo acaricia suavemente quitándole el polvo y el iris de sus ojos se humedece mientras se prepara para remover los recuerdos de su infancia. Cuenta que durante sus primeros años de vida vivió en una montaña tapizada de color verde con árboles a su alrededor como en un cuento de hadas, pero con otra historia distinta a la de reyes y princesas pues su abuela debía ir al pueblo a pedir limosna para conseguir algo de comida, sin embrago, hoy todo esto hace parte de los recuerdos, esos que decoran cada rincón, cada pared, cada libro y cada historia que hay dentro de su casa.
Podría decirse que es casi un museo, es grande, lleno de historias, retos, triunfos y secretos; al fondo de él una ventana perforada permite la entrada de aire que oxigena los cuerpos; su sala se encuentra inundada de monumentos, memorias y vidas que son cubiertas por el pasar de los días como una manta de color arena. El techo cicatrizado por el agua filtrada de la terraza, insinúa la situación de sus residentes.
Mientras conversa, “el viejo
bucanero” como es reconocido, comenta que -la supervivencia ha estado siempre
latente en los seres humanos con más necesidades-.
El sitio está cubierto por
imágenes, cuadros, esculturas, objetos, afiches y algunas ilustraciones de
donde vivió cuando era niño, recuerda la
rutina diaria de aquel entonces del pequeño Luis Ortíz, un niño pobre lleno de
piojos, que con ingenuidad se dedicaba a explorar su entorno salvaje -!Vivía
en una montaña como un animal perdido¡- Dice con seguridad.
Pronto se levanta de la silla y da
tres pasos cortos hacia una pared con un cuadro lleno de portadas de libros y
fotografías, señala una imagen de una mano adulta y otra pequeña de un infante
con el título en letra negra “Memorias de Chiquinquirá” y retoma su relato
saltando al momento que cambiaría el rumbo de su corta vida.
Por aquellas razones que son
inexplicables, se cruza en su caminar Juan Parra, un profesor Español que vio
en ese pequeño niño piojoso un desperdicio de talento y conocimiento. - Gracias
a él logré entrar a estudiar en la escuela de canto donde 20 chicos me
recibieron con un baño de agua fría y cepillos. ¡Duraron como medio día
lavándome¡-Dice a carcajadas- Es curioso pero mientras cuenta este relato
se escucha en una habitación el sonido pesado de un cuerpo dormido, ambientando
la conversación y el aroma peculiar del recinto, toma forma de una sombra
agonizante envuelta en una tristeza escondida.
Luego camina hacia un cuarto
pequeño donde se encuentra la lavadora y mientras recorre su propia vida, habla
de las imágenes que están por todas partes de la casa. Su mirada se detiene en
una montaña de libros, saca un álbum de fotografías y regresa a la silla. No
duró mucho tiempo en la escuela, en cada parpadeo sus compañeros lo golpeaban,
lo insultaban, “esto aburre a cualquier persona y aun peor si es un niño”.
Los ojos de Luis destellan una luz mágica, los movimientos de sus manos se
detienen, su voz baja de tono, pasa saliva y respira profundamente, -Me
enamore por primera vez de la esposa de mi profesor, su paciencia, cariño y
ternura; me convencieron de estudiar...siempre la recuerdo, era una mujer
hermosa...algunos de mis poemas están dedicados a ella. Con ella recibí la
iluminación del amor a la lectura. Fue maravilloso entender mi nombre por
primera vez escrito en el papel.
Dentro de sus tesoros, tiene
cuadros de los actores de cine de la época, ese cine que quebró el cascarón que
lo tenía atrapado. Después de ver 18 veces la misma película de vaqueros, nació
una curiosidad inagotable por la literatura. Para su cumpleaños número 8 decide conocer Bogotá justo el 9 de Abril de
1948 con el único anhelo de visitar cuenterías.
Era la1:30 p.m. y el pequeño Luis
emocionado bajó del tranvía en busca de las librerías, pero no alcanzó a
caminar una cuadra completa cuando un policía le dio una bofetada mientras
emite unas palabras incomprendidas para el pequeño, y cuando apenas está
reaccionando del suceso, observa que a su alrededor miles de personas
incineraban símbolos del gobierno conservador y de la iglesia católica, la
gente saqueaba tiendas y almacenes, destruían casas, iglesias y parte del
tranvía, violencia y muerte inundaban el centro de la ciudad...un día de caos,
de sed de venganza... Esto le hizo entender que no era un buen momento para
quedarse y decide regresar a Chiquinquira.
El sonido pesado del cuerpo dormido
deja de ambientar la conversación, respira, toma un poco de líquido color
naranja, humecta su garganta y continúa...-Cuando regresé...ella estaba
allí, sabía que volvería, esa viejita sabía que regresaría...no hubo necesidad
de palabras, las lágrimas y los abrazos lo dijeron todo. Se escucha la voz
entre débil y dormida de una mujer llamándolo -¡Luis!
Por Yuri Andrea Castro Esquivel
La mujeres somos echadas para de lante no los que de grande nada
ResponderBorrarAmparofrancoaldana
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